Es la última parte del ordinario de la misa que dice: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros… Es una súplica final que recuerda el sacrificio de Cristo como Cordero inmolado por la redención del mundo.
En este sentido nos encontramos ante la parte musical que presenta un carácter más sereno, íntimo e introspectivo dentro de la composición de esta misa. Este carácter contemplativo y compasivo, que intenta conmover el alma, se refleja desde el primer momento en el tempo “andante” escogido para la pieza.
El inicio, las palabras Agnus Dei (Cordero de Dios) están compuestas por tres entradas para cada una de las palabras que enfatizan, en una especie de llamada, el sentido del texto. Primero cantan sopranos y contraltos, luego tenores y por último los bajos creando una especie de pequeño contrapunto sostenido donde cada voz mantiene al final cada una de las tres notas que forman el acorde final de tríada: tres sonidos, un acorde. Con ello se pretende hacer una simbológia musical a ese Dios al que hace referencia el texto que es Uno y Trino, es decir, un solo Dios, tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así, estas tres notas sostenidas forman un único acorde de Re menor, que posteriormente se repite en la segunda palabra en secuencia descendente en la armonía de Do Mayor.
Tras esta “llamada” todas las voces se unirán en una súplica andante – simbolizando así en el tempo escogido de la pieza el pueblo caminante de Dios – implorando ese perdón, que finalmente, tras ese largo acorde sostenido de séptima de dominante, encuentra resolución en el acorde de Re Mayor, dándole en ese final ese sentido de transformación hacia la esperanza y reconciliación “dona nobis pacem” de ese sentimiento que al final encuentra la luz y la paz.
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